No encajar también es una forma de existir

Lunes por la mañana. Camino al trabajo mientras reflexiono sobre mi futuro y pienso: "Un día más viviendo una vida que no siento como propia."
Y no, no es que haya usurpado una identidad. Físicamente soy yo, pero la vida que llevo no se alinea con mis deseos, con mi verdadero ser.
Cada vez que me pongo mi outfit de oficina, lo siento como un "personaje", una skin que creé para poder sobrellevar el día a día en ese lugar.

No me interesan los datos financieros, los números ni las estadísticas. Tampoco me interesa encajar en el clima de oficina, con sus horarios fijos de ocho horas, un sueldo que rara vez sube y, además, estar en una posición de desigualdad frente a mis compañeros.

No me atrae la idea de escalar puestos ni de pensar en “mejoras” que solo benefician a un grupo minoritario. Porque esa idea de “si a la empresa le va bien, a todo nos va bien” está completamente errada. Lo sabemos.

En estos últimos años, mi cuerpo, mente y alma dijeron: “hasta acá”. La desconexión es tan fuerte que cada vez me cuesta más concentrarme o mantener el cuerpo quieto, sentada en una silla, cuando en realidad lo que deseo es estar moviéndome, yendo de acá para allá. 

La ansiedad me consume, segundo a segundo.

No tengo claro en qué momento elegí este camino; tal vez simplemente me dejé arrastrar por los mandatos sociales, sin detenerme a cuestionar por qué hacía lo que hacía… hasta ahora. Jamás me pregunté si realmente quería trabajar en una oficina. Simplemente lo hice. Armé un currículum y empecé a enviarlo. La necesidad te empuja. Siempre supe que quería trabajar —porque deseaba tener mi propio dinero—, pero nunca me detuve a pensar realmente en qué quería trabajar. Cualquier cosa iba a estar bien si eso me ayudaba a ser independiente.

Para mí, la única forma de generar ingresos haciendo algo que realmente me apasionara era a través de una carrera universitaria. Así me criaron, con esa idea firme: estudiar era el camino. Y no digo que esté mal —no me malinterpreten—, comparto esa bajada. Estudiar es el arma más poderosa que tenés, cuando no tenés nada.  Pero en mi caso, no había alternativas.

Nunca me sentí apoyada si yo optaba por algo distinto, como por ejemplo ser profesora de danza. Eso era visto simplemente como una actividad extracurricular, un pasatiempo, un hobby. ¡Ojo! Tal vez debí haber expresado con firmeza ese deseo genuino, haberme plantado. Sin embargo en ese momento, tomé el camino de la obediencia.

Y acá quiero hacer una aclaración importante: creo firmemente en el valor de la formación profesional. Es fundamental que existan médicos, psicólogos, ingenieros, docentes, arquitectos, etc. Pero pienso que la sociedad necesita, de forma genuina, personas que sientan verdadera vocación—o al menos una corazonada real— por el camino profesional que eligen. Porque de nada sirve seguir un mandato. No tiene sentido. Eso solo termina en frustración e infelicidad. Y lo que menos necesita el mundo son personas infelices. 

"Soy contador porque es lo que se esperaba de mí". "Soy abogada porque en mi familia todos lo son".

Me parece tiene que haber una razón más profunda para esas elecciones.

"Soy médico porque siempre supe que quería salvar vidas".

"Soy psicólogx porque me interesa el bienestar emocional de las personas".

Yo pasé por tres carreras, de las cuales solo terminé una. ¿Adivinen si la ejerzo o si planeo ejercer? La respuesta no lxs sorprenderá. Creo que, en parte, tiene que ver con que soy multipotencial; es decir, soy de esas personas que se aburren rápido de lo que están haciendo. No por falta de motivación —eso nunca—, sino porque siempre aparece la sensación de que hay algo más, algo distinto, que podría interesarme aún más que lo que tengo en manos en ese momento.

Me pasa que empiezo a explorar un tema, me entusiasmo, me meto de lleno... pero al tiempo, otra cosa me llama la atención con la misma intensidad. Y así voy. Me cuesta quedarme quieta en un solo interés, como si elegir uno significara renunciar al resto. Y aunque tener muchas pasiones pueda parecer una ventaja, muchas veces se vuelve una carga. No encajar en los moldes, no poder adaptarse a los estándares, puede terminar afectando la salud mental. Y sí, eso también lo viví.

Siempre fui una persona creativa, con una gran imaginación. Cuando estaba en la secundaria, decidí que quería estudiar Diseño Gráfico. Me atraía la idea de diseñar, y además tenía buen manejo de la computadora: usaba mucho las redes sociales, Word, PowerPoint y otros programas que eran comunes en esa época. Me gustaba experimentar con colores, tipografías y decoraciones; disfrutaba darle un toque visual y estético a todo lo que hacía.

Recuerdo que en 9º se me dio por dibujar personajes en los márgenes de las hojas. Un profesor de geografía, en tono humorístico, solía llamarme y decirme:

—¿Por qué hacés dibujos tan tiernos?

La verdad, no había un motivo específico. Simplemente los hacía porque sentía que embellecían la hoja, la hacían más mía, más personal. Era una forma intuitiva de expresarme, aunque en ese momento no lo pensara de ese modo.

Marzo de 2013. Llego a Buenos Aires con la intención de estudiar diseño en la UBA. Mi motivación no surgía solo de un deseo de ser diseñadora, sino que venía cargada de un fuerte peso emocional, ya que en ese momento estaba escapando de una situación que se convirtió en un evento canónico en mi vida —algo que espero poder contar más adelante—.

Mi paso por la UBA, y sobre todo por la FADU, fue increíble. Realmente aprendí muchísimo y me abrió un montón la cabeza. Era tanto el prestigio que muchas veces me sentía "burra", o que mi capacidad era muy limitada para merecer un banco en ese lugar.

Lamentablemente, no logré sostener la responsabilidad ni la disciplina que implicaba estudiar en un lugar así. En ese momento, ya trabajaba y vivía sola, con apenas 19 años. Tenía otras prioridades: básicamente, hacerme cargo por completo de mi vida. Me ocupaba de las tareas domésticas, de pagar cuentas, de sostener un trabajo. Todo recaía sobre mí. La presión era demasiada. Tenía que equilibrar el estudio, el trabajo, la vida en casa y, además, mis necesidades sociales, propias de una chica de esa edad. No aguanté. Y en 2017 decidí dejar la carrera.

Sin embargo, seguía aferrada a la idea de estudiar —como dije antes, no concebía otra forma de imaginar mi futuro—, así que en 2018 empecé la tecnicatura en Turismo, motivada por el viaje a Europa que hice ese mismo año.

Pero casi al final de la carrera me di cuenta de que no era eso lo que quería para mi vida. No era la especialidad que realmente me convocaba. Y con la pandemia de por medio, en 2021 decidí anotarme en Comunicación, la carrera que estoy cursando actualmente… aunque con la duda constante: ¿es realmente lo que quiero?

Me gustaría decir que mi elección no pasa por obtener un título que me valide, sino por la búsqueda de conocimiento, aunque muy en el fondo, quiero una validación. Ese maldito papel que afirme que YO SE. Pero sentarme a estudiar me cuesta. Mucho.

Muy a mi pesar, debo admitirlo. Y digo a mi pesar porque me gustaría ser esa persona “estudiosa”, con la capacidad de estar horas concentrada leyendo, con una motivación tan firme que me permita soportar los viajes eternos en colectivo hasta la facultad y hacer esos “sacrificios” en nombre de un título.

Tal vez por eso siempre me sentí más cómoda aprendiendo por mi cuenta, de forma libre, desordenada, intuitiva. Viendo un documental, leyendo un libro específico, escuchando una conversación ajena en el colectivo, o hablando con alguien que cuente su historia.

Aprendo mejor cuando no hay una estructura rígida, cuando no me están evaluando, cuando no tengo que resumir 100 páginas para el parcial del lunes.

Porque mi interés por entender el mundo sigue ahí, intacto. Solo que no siempre entra en los márgenes de un programa académico, ni se adapta al formato de una cursada cuatrimestral.

De verdad me afecta esta cuestión, porque en un imaginario —en un ideal— me gustaría poder decir: “Soy licenciada en…”, “Máster en…”, “Especialista en…”

Pero seguir ciertas normas va en contra de mi esencia. Y créanme que lo intenté. Lo trabajé en terapia, quise adaptarme, forzarme un poco… pero simplemente no encajo.

Y tal vez esté bien así. Alguien que se esforzó, quizás más que yo, yendo todos los días a estudiar durante cinco o seis años, debe tener más posibilidades. Tiene que haber algún tipo de recompensa: ganar más, acceder a mejores oportunidades laborales, incluso el prestigio. Aunque se muy bien que el sistema educativo tiene que mejorar y que es un debate que nos debemos como sociedad. (Por supuesto que en tanto y en cuanto se siga desfinanciando la educación no hay debate posible) 😶

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Tal vez no tener todas las respuestas hoy no sea un fracaso, sino parte del proceso. Tal vez el hecho de estar haciéndome estas preguntas, de no callarme más, de empezar a reconocer lo que no quiero, sea un primer paso hacia una vida más alineada conmigo.

No tengo un plan. No tengo certezas. Pero tengo algo que durante mucho tiempo no tuve: la intención de ser fiel a mi misma.



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