Siempre quise crecer y ser adulta, porque cuando era chica sentía que no tenía el control de mi propia vida. Se supone que al llegar a la adultez, uno finalmente obtiene ese control. (Se supone)
Deseaba con todas mis fuerzas poder tomar decisiones sin restricciones. Sin embargo, ahora que soy adulta, me cuesta ejercer ese control; incluso, muchas veces busco no tenerlo o evitar hacerme cargo de ciertas cosas. ¿Por qué? Porque no quiero enfrentar las consecuencias de mis decisiones. Si, un poco inmadura de mi parte, pero al menos soy sincera.
Creo que es fundamental contar con personas que nos acompañen en nuestras decisiones. De lo contrario, podemos sentirnos aislados si algo sale mal. Aunque entiendo que la fortaleza debe nacer de uno mismo, ¿acaso hay una fuerza más grande que la que surge del apoyo y la unión con los demás?
Hoy, con 30 años, siento que mi vida aún está dominada por personas o situaciones que escapan de mi control. Y no, no se trata de culpar a otros. Fui yo quien eligió hacerse a un lado y no asumir ciertas responsabilidades.
Crecer puede ser cruel, pero es algo con lo que inevitablemente tengo que lidiar. Lo mejor que puedo hacer es comprender y mantener la mente clara, para que el camino no se vuelva aún más difícil.
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